lunes, 15 de febrero de 2010

El Pacto con el diablo

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El Ferreiro que pactó con el diablo

9 de Febrero del 2010 - José Luis Carnota Fernández (Grandas de Salime)

El pacto con el diablo o trato con el demonio es creencia muy antigua y extendida en nuestra cultura tradicional. La literatura ha explorado con frecuencia estos contratos azufrados por la firma satánica. Las históricas figuras de Fausto y de Mefistófeles han sido un filón para literatos y músicos. También nuestro folclore da muestras abundantes de tratos con el diablo en forma de relatos y cuentos moralizantes en los que el protagonista, engañado por el diablo, siempre termina perdiendo.

En la comarca de la cuenca del Navia, y en el occidente asturiano en general, el “trato co demo” quedaría establecido entre una persona y Satanás o cualquier otro demonio (o demonios) en los siguientes términos: la persona ofrecería su alma a cambio de favores diabólicos poderosos. Estos favores varían según el relato, pero los más habituales son los referidos a la eterna juventud, la sabiduría, la riqueza, los amores imposibles o el poder.

A veces sucede que esos relatos son historias reales. La que les voy a contar comenzó hace algunos años en Grandas de Salime y, por ahora, no tiene final. Está ocurriendo ahora mismo, aunque su comienzo se remonte años atrás.

El principio de este relato hay que buscarlo haciendo cala y cata en la historia del pueblo. La profundidad de la cala, treinta años; el protagonista, José Navieras Escanlar. Si usted pregunta en este pequeño pueblo por José Navieras Escanlar quizá alguien dude unos segundos antes de responderle. Pero si usted pregunta por Pepe el Ferreiro, le contestarán automáticamente. Quizá no le dejen ni terminar el nombre. Los dos son una misma persona.

Pepe el Ferreiro siempre fue un hombre con inquietudes, con muchas inquietudes. Es, como se dice en el occidente, “un fuchicador”, una personalidad que no puede estar más de dos minutos sin actividad, sea mental o manual. Al Ferreiro le va más rápido la cabeza que las fuerzas físicas.

En aquellos tiempos Pepe tiene que ganarse la vida con algo. Sus comienzos como ferreiro, oficio que aprendió de su padre, acaban derivando en un pequeño taller de carpintería metálica. Su actividad estará siempre marcada por su inevitable tendencia a entretenerse con cualquier otra cosa que no fuese la fabricación de ventanas. Pepe siempre fue un hombre generoso y desprendido: la mitad de los trabajos no los cobraba y la otra mitad quizá no se los pagasen. Por eso anduvo siempre corto de recursos monetarios en su taller.

Por aquel entonces ya había prendido en él el virus de la etnografía. Con unas dotes de observación poco comunes y una curiosidad extraordinaria para la investigación de cualquier cachivache que hubiese parido el ingenio humano, Pepe se dedica a recopilar todo lo que, procedente de la cultura popular, viene a caer en sus manos.

Su carácter altruista, unido a su innegable carisma, le hicieron depositario de la confianza de todos los habitantes de la comarca, que no tuvieron inconveniente en ir depositando en su taller todo tipo de objetos y aperos, para ellos inservibles, con los que Pepe se maravillaba y entretenía dándoles nueva vida y poniéndolos a funcionar.

En poco tiempo Pepe logró reunir un conjunto considerable de piezas. El número llegó a ser tan grande que consiguió le cediesen para esa colección las dependencias de la planta baja del ayuntamiento. Así, y disperso en tres dependencias, se inicia y toma forma un pequeño museo de etnografía popular en Grandas de Salime.

En este museo se albergó siempre condensada el alma de un pueblo. El alma de los hombres que trabajaron esos objetos con sus manos; primero para crearlos y después para trabajarlos, dejando en ellos parte de su vida, de su historia, de sus penas y de sus alegrías.

De esta forma Pepe el Ferreiro, el “gran fuchicador” consiguió quintaesenciar el alma popular en ese pequeño museo. Con la suma de las pequeñas almas de cada uno de los objetos, en el museo llegó a albergarse una gran Alma, un alma con mayúsculas.

La existencia de este alma en un pueblo remoto y alejado del occidente asturiano –alma popular, niña e inocente, sencilla y grande a la vez- llegó a oídos del Diablo. El Diablo comenzó a interesarse por aquella, que tantas admiraciones y parabienes despertaba. Así que comenzó a rondar al Ferreiro y a su museo. Y la ronda duró días, meses y hasta años.

Todo el mundo sabe o debería de saber como actúan los diablos. Los diablos se trasmutan unas veces en ángeles y otras en hombres, a veces son viento y a veces lluvia, son sonrisas, lagrimas, belleza y alegría; todo a un tiempo. Sondean y sopesan la fragilidad y la entereza del alma que tratan de abducir y son cameladores y melosos en la exposición de sus pretensiones.

Es realmente muy difícil sustraerse a los requerimientos de un demonio cuando éste está realmente empeñado en conseguir un objetivo. Y no digamos a una conjunción de demonios. Los demonios son pacientes, obstinados, ladinos, sabios y tienen muchos servidores y ayudantes.

Un día se presentaron los demonios en Grandas de Salime. Adoptaron para la ocasión la forma de políticos. Para engañar al incauto se travistieron, eso sí, de políticos progres (era la moda de entonces; chaqueta de pana y pantalón vaquero). A nadie se le ocurría pensar al ver a aquellos jóvenes que pudieran traer un demonio dentro ¡Dios nos aparte! Eran políticos agradables y simpáticos que despertaban simpatía precisamente por su juventud. ¡Con ellos venía el cambio!, se decía.

La realidad era que esos jóvenes políticos eran tan peligrosos como los archivos que con presencia amable y tentadora circulan por Internet con el virus dentro. Solamente te enteras cuando ya estás infectado.

Pepe el Ferreiro siempre circuló por la vida sin antivirus. No se sabe muy bien si fue un valiente o un incauto, pero en el cuento nos dicen que el diablo o los diablos consiguieron tentarle. Consiguieron comprar el alma de su museo, un alma formada por los millones de almas de cuantos, a través de los años, comunicaron a las piezas el espíritu de esa vida vivida por ellos mismos.

El diablo tienta a unos con una cosa y a otros con otra. A Pepe lo tentaron con un gran local para el museo, con promesas de presupuesto suficiente para que creciera y para él, un salario modesto, que Pepe aceptó como parte del contrato.

Posiblemente Pepe pensó en una vida mejor para sus piezas del alma y para el Alma de sus piezas. Una vida sin estrecheces, en locales diáfanos y ambiente agradable.

El diablo es ladino y sabía que el Alma del museo, todavía adolescente, podía crecer mucho más. El Alma tenía muchas posibilidades y el diablo pensó que aquella era una de las mejores operaciones que había hecho nunca. Pepe se convirtió desde entonces en recolector de almas y con el paso de los años reclutó -para regocijo de los diablos- cientos de almas, miles de almas. Los objetos del museo siguieron creciendo y a la vez las almas contenidas en ellos. Almas de varias generaciones depositadas en miles de piezas.

Pero, pasa el tiempo, y el diablo se da cuenta de que las redes de sus artes de pesca ya están bien repletas. Entonces se decide a ejecutar el contrato y con ello dictar sentencia contra el incauto Pepe. Podría haber esperado a ejecutar el contrato dos años más tarde. Podría quizá, si tenía prisa, haber tratado de alcanzar un nuevo pacto con Pepe para que éste saliera dignamente y por la puerta grande del Museo que el mismo había creado después de una vida honrada y honrosa.

Pero si Satanás hubiese hecho esto, el diablo no sería diablo, y Pepe no tendría castigo y, en definitiva, ¡vaya mierda de diablo! El diablo que le tocó a Pepe es un diablo serio que sabe cual es su misión y que, además de cobrar su parte, necesita hacer sufrir al pardillo que pactó con él.

Esto que les he contado es hasta ahora sólo el principio del cuento. El final todavía está por escribir. Seguiremos pendientes de la conclusión. Estos relatos de diablos a veces presentan giros cómicos en los que un humilde ferreiro termina engañando al demonio, casi siempre en base a la letra pequeña del contrato.

Ojalá que el cuento termine así, gracias a la astucia de Pepe y al cariño que todos los grandaleses le tenemos. Él ha sido hasta ahora el legítimo depositario de las almas de nuestros antepasados, ahora arrebatadas por los diablos.

P. D. Mientras escribo esto me acuerdo del gran Joaquín Manzanares y su Tabularium. ¡Ese sí que tuvo instalado durante toda su vida un buen antidiablos en su museo!

3 comentarios:

thot dijo...

A mi los relatos estos del diablo....no me gustan un pelo, me dan miedo, jejejeje.
Un beso !!!!

Diana dijo...

Muy bueno!!!!!!!!!!!!!
Grandioso relato.
Obra de los dioses...¿o habrán sido diablos?
Dios es bueno, pero el diablo tampoco es malo malo (no sé...veremos...)
Ahora me entiendo... soy una chica fuchicadora. Ajá. Nunca quieta.
El "Mal" (ni lo nombro, jaja)tiene que existir...Porque...¿cómo reconoceríamos el "BIEN"?
Todo sirve.
Besitos.
(...que intriga...¿falta mucho para lo que sigue?)
:)

Pluma Roja dijo...

Seguiremos esperando la continuación. Precioso relata en principio.

Saludos cordiales,

Hasta pronto.